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De ayer y de hoy

Los Magos de Oriente, cuando aún eran matuteros aficionados a la astrología, se pasaban cientos de noches en el desierto estrellado de la Ruta de la Seda, juego de cruzar una y mil veces, sin papeles, las fronteras de cabilas y señoríos tribales, donde practicaban el top-manta contrabandista en cualquier zoco, concibieron la idea trepadora de convertirse en reyezuelos absolutos del tráfico de divisas y del mercado de la droga litúrgica, pues con euros de la época y con incienso en pastillas, enriquecido con mirra alucinógena, se conseguía, como ahora, cuanto era necesario para hacerse con el poder bastardo.

Así cayeron en el contrabando de monedas y estupefacientes de curso legal, convirtiendo ambas mercancías en ilegales. Con lo cual, de magos nigrománticos vinieron a magos del mercado negro internacional. Durante siglos practicaron el narcotráfico del incienso y de la mirra y el estraperlo del oro en barras, comercio del que hizo una promoción eficaz San Mateo, en su evangelio.

«Y entrando en la casa, vieron al Niño con su Madre, María, le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron regalos de oro, incienso y mirra». Luego, los Magos salieron a escape por otro camino y la Sagrada Familia, alertada por la furia de Herodes, huyó a Egipto y no regresó hasta que murió el tirano. Yo siempre me he preguntado y aún me lo pregunto qué tesoros mostraron al Niño Jesús, aparte de los regalos.

¿Eran sedas de Cachemira, especias, mantones de Manila, cuerno de rinoceronte? Y también me pregunto si la Sagrada Familia se llevó consigo el oro, el incienso y la mirra al lugar de las pirámides. Era un buen viático.

Bien, los Magos de Oriente, con el tiempo cristiano, se tornaron Santos y, por hoby de San Francisco de Asís, volvieron cada año a Belén con sus clásicas ofrendas al Dios Niño. Como todos los niños son criaturas de Dios, por extensión cariñosa, la ofrenda de los Santos Reyes Magos se aplicó a los menúos, luego a los zagalones y después a todo miembro del clan familiar y a los amigos personales.

Ya que no era de recibo regalar incienso y mirra, perfume en bruto propio de las ceremonias religiosas, tampoco oro en barras, tan caro y tan pesado, los regalos adquirieron su condición de objeto, joya, juguete, cosa, incluso bisutería.

Y por evolución del ingenio creativo y de los materiales adecuados para la fabricación de avíos y trastos de adorno, entretenimiento y estorbo, en poco tiempo se pasó de las muñecas de trapo, los caballos de madera y las pelotas de hule a los cachivaches electrónicos y a los artefactos virtuales.

Y aquellos Magos de Oriente, dedicados a incensar y untar con parné a un posible rey de Judá, continúan en el trapicheo montados en el caballo y utilizando camellos, aunque, para despistar, repartan caramelos. Se ve que nadie cambia de condición y los Magos insisten en sus estratagemas políticas. Yo me quedo con los pastores.

FRANCISCO IZQUIERDO. 6 enero 2004

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