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Capitulo 11

—Vencejos, no pájaros tal cual. Vencejos… qué hostias… no como si uno dijera peces en vez de tiburones; como si dijésemos nieve en lugar de hielo, escarcha, granizo, agua-fría, mazocopo o yema de ventisquero. Vencejos, señor mío inglés —dijo Claudio Izquierdo, el más ilustre y experimentado pescador de vencejos que encontramos tras ascender lentamente, exhaustos, la cuesta de Los Chinos hasta la Torre de la Vela.

—Vencejos —insistió—. De oncejo, alterado desde antiguo por confusión con vencejo propiamente dicho, o sea: ligadura. Pájaro de unos dos decímetros de longitud desde la punta del pico al extremo de la cola, que es larga y ahorquillada; con alas también largas y puntiagudas; plumaje blanco en la garganta y negro en el resto del cuerpo; pies cortos, con cuatro dedos dirigidos hacia delante y pico pequeño algo encorvado. Es ave de temporada en España, se alimenta de insectos y anida en los aleros de los tejados, aunque, si quiere que le diga la verdad, el mejor sitio y la mejor hora para pescarlos es aquí, en la Torre de la Vela, al atardecer, mientras se retiran a sus nidales en el bosque de la Alhambra.

—¿Por qué se atarean en echarles el anzuelo? —preguntó Holmes.

—Porque los pagan a tres céntimos la pieza en la taberna de las Angustias, en el bar de San Remo y en la casa de comidas que regenta Manuel Calvo en el Campo del Príncipe. Por eso mismo, y no por otra razón, los pescamos en el aire.

Claudio Izquierdo era un hombre corpulento, de pelo cano y perilla a medio recortar, como si desatendiera el afeitado mas no dejase que pasaran quince días sin ir de visita al barbero. Rondaba los sesenta años, aunque las arrugas del rostro y el cerco ceniciento de su mirada contrastaban con el vigor de su cuerpo, aún de hechuras bien recias y ágiles. Era uno de esos viejos hombres que resisten el paso del tiempo con una fortaleza que parece emanarles del interior impetuoso de su ánimo. Muy cerca de él, cuatro o cinco individuos de aspecto paupérrimo, vestidos casi de harapos, se afanaban moviendo al aire sus cañas de pescar con esa patética diligencia que aplican los pobres en trabajos ímprobos y de nulo beneficio.

—Es sencillo —nos explicó Claudio Izquierdo—. Se ceba el anzuelo con moscardones bien gordos, de los que pueden capturarse muchos en el mercado, revoloteando sobre los desperdicios de la fruta, y se mueven las cañas para dar impresión de que las puñeteras moscardas aún viven. Son bocado predilecto de los vencejos, pájaros no muy listos que gustan de dicha merienda antes de retirarse a dormir. Con un poco de suerte, pueden pescarse cinco o seis de ellos cada tarde, lo que da para unos tragos y, si es preciso, para jugar a los naipes frente al burdel de doña Merenguita, un portalón muy antiguo donde cada noche se reúnen varios pobres de solera esperando que los clientes de la casa, señorones de buena casta y mejor bolsa, arrimen alguna que otra moneda a los pedigüeños. Ya lo dije, don Sherlock: esta es una industria fácil aunque de escaso provecho. Lo que me resulta complicado entender es por qué se ha interesado precisamente por nosotros, y en concreto por un humilde servidor.

Holmes dio una larga chupada a la pipa de kif y tabaco hindú antes de responder. Observó despaciosamente, de arriba a abajo, a Claudio Izquierdo. Si no hubiera sido una intolerable indiscreción, habría sacado su lupa para estudiar desde mucho más cerca las arrugas faciales del mendigo, los estigmas vinosos de sus mejillas, las hondas ojeras que circundaban las cuencas orbitales… qué sé yo: la textura de sus ropas, la superficie incógnita de las manos o las costuras de sus recosidos zapatos.

—He de serle sincero, buen hombre —dijo finalmente—. Me ha llamado la atención su porte de dignidad entre tanto desharrapado. Viste indumentaria humilde aunque no mísera, cuida su aspecto, eso es evidente, se expresa con soltura y cierta elegancia. Hay más, desde luego: sus manos son delicadas, no veo en ellas manchas ni callosidades ni ninguna otra señal de haberse esforzado en trabajos primitivos, rudos como usar pico y pala, cargar leña o rebuscar entre inmundicias el sustento diario. Todo lo cual me indica que, en realidad, es usted hombre de posición holgada, si bien su carácter propende a la extravagancia, al abandono, a recrearse en faenas absurdas como esta de pescar pájaros en compañía de indigentes desvalidos…

Una recia carcajada de Claudio Izquierdo interrumpió las elucubraciones de Holmes.

—Ustedes, los ingleses, son muy raros —dijo—. Son listos, no lo niego, y además tienen la virtud de conjeturar febrilmente sobre todo aquello que desconocen. No sé por qué, algunos estudiosos y viajeros sostienen que el principal defecto de sus compatriotas es la falta de imaginación. Oh, señor mío… qué error tan grave. Les funciona el magín como una locomotora de nueve calderas, y las nueve pierden vapor, disculpe que se lo diga.

—No le comprendo —dijo Holmes, desconcertado—. Acaso el idioma…

—Ni idioma ni gaitas —respondió alegremente Claudio Izquierdo—. Usted se equivoca y yo me carcajeo, eso es todo. Escúcheme. Si tengo un porte, digamos, moderadamente distinguido, es porque me crié en el orfanato de los Padres Basilios, quienes me enseñaron letras y las normas esenciales de la buena educación. Eso no se olvida jamás, don Sherlock. Si visto ropas medio decentes es porque don Gonzalo de Córdova, a quien en sus años jóvenes arreglaba yo encuentros galantes, me sigue estando agradecido; no en vano, ciento o más damas de esta villa le abrieron las sábanas de su lecho mientras yo, hiciese frío o calores agosteños, esperaba en la esquina hasta el amanecer, guardándole la calle. Don Gonzalo está ya muy viejo, y va desprendiéndose de su guardarropa en favor de este holgazán que no ha hecho otra cosa en la vida que celestinearle amores de «si te visto no me acuerdo», pedir limosna a la puerta de las iglesias y pescar vencejos desde este hermoso paraje. Mi barba es asunto de las monjitas mercedarias, que cada semana me dan sopa boba, agua caliente y jabón… y me prestan unas tijeras. Y mis manos… ay, don Sherlock, qué poca filosofía tiene usted. ¿Desde cuándo pedir limosna ha hecho que a ningún hijo de madre le salgan callos ni durezas? El trabajo más duro que han emprendido mis manos, y así lo confieso sin pudor, es manejar los naipes turroneros en la partida que juego cada noche frente al burdel de doña Merenguita. Eso es todo. Soy pobre de pedir, y a mucha honra. Es halagador que me confunda con algún viejales maniático, pero la verdad está dicha. Mendigo, pido, beso la mano que me da un trozo de pan, juego a las cartas, ripio el monedero de las beatas y pesco pájaros. Esa es mi historia completa.

Por un instante creí que Holmes, desesperado, caería de nuevo en sus iracundas protestas contra la falta de sentido y lógica de aquellos indescifrables granadinos. Pero me equivoqué. Tras esbozar una disculpa que Claudio Izquierdo aceptó sin perder la sonrisa, se retiró unos pasos, estableciendo la justa distancia para que sólo yo pudiese oír lo que tenía urgencia en decirme. El pescador de pájaros volvió a su faena de agitar al aire, con soltura y mucha pericia, la caña, el sedal y el anzuelo cebado con moscardones.

—No me engaña, Watson —susurró a mi oído—. Ese viejo truhán no me engaña. Recuerde al infame Emery, socio fundador y alma subimpietas de la Amateur Mendicant Society.

—Gran bribón —dije, más que nada por consolar a Holmes de su reciente encontronazo con la rareza granadina.

—Gran bribón, sí, que mucho podía haber aprendido de este pescador de pájaros.

José Vicente Pascual.
El pescador de Pájaros. Editado por Comares.2000

Esta novela ambientada en la Granada de finales del siglo XIX, incursiona en algunas de las claves históricas, a menudo silenciadas que han determinado el presente de dicha ciudad. Al mismo tiempo, recrea la atmósfera colmada de secretos, enigmas y medias verdades que , edificaron durante siglos un imaginario común en extremo cautivador, tan bello como artificial, en ocasiones falsario y exquisitamente peligroso, que planea con sigilo sobre una ciudad a la que  Isaac Muñoz atribuyo la desdicha, o quizás lóbrega virtud , de tener “el alma muerta”.

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