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Juan Eslava Galán

La endemoniada que el otro día insultó al Santo Padre y a punto estuvo de tirarle una tarascada si no la contienen los escoltas es consecuencia directa de la supresión del Infierno. Recordarán que el año pasado el papa declaró que el fuego en el que se abrasaban los condenados era una mera metáfora.

El Vicario de Dios en la tierra dejó en el paro, de un plumazo, a no sé cuantas legiones de diablos que ahora campan por sus respetos e incitan a los fieles al pecado, al voto conformista, al consumo de hamburguesas o de bazofia televisada y a otras actividades que serían pecado mortal si el Vaticano no se hubiera vuelto tan permisivo.

Como hablando de diablos es fácil liarse, ayer le hice una visita a mi amigo Paco Izquierdo, que escribió un libro sobre ellos, y de paso contemplé el atardecer sobre la Alhambra desde su casa del Albayzín.

Según Wiero, discípulo de Cornelio Agripa, y autoridad en la materia, las nueve jerarquías de diablos agrupan a unos 777.777.777 diablos. Echando números por lo bajo resulta que cada Ángel de la Guarda tiene que defender a su protegido de los treinta y ocho mil Demonios de la Guarda que le tocan.

Eso suponiendo postconciliarmente que Dios haya asignado también Ángeles de la Guarda a moros, judíos, protestantes y demás hermanos separados, porque en caso contrario los católicos tocaríamos incluso a más Diablos de la Guarda por cabeza.

Es fácil comprender la ardua tarea que se les presenta a los exorcistas y lo necesario que resulta ese oficio de origen caldeo en la postmodernidad del Nuevo Milenio. No se puede bajar la guardia porque el Maligno acecha y más ahora en que le han reestructurado el infierno y se lo han dejado en nada.

Se comprende que Satanás o Satán, cuyo título es Gran Cabrón del Imperio, ande cabreado y no esté para bromas. Dice Izquierdo que la última vez que se oyó la risa del Maligno fue en el entierro de Pepe el Conforme (lo ahorcaron por un crimen que no cometió y fue contento al patíbulo) una risa espesa y negra como alquitrán y como medio kilómetro de larga.

Hoy ya no se ríe ni está para bromas. Va de aquí para allá exigiendo productividad a sus diablos, en compañía del subsecretario Astarot, un rubiales playero dotadísimo de miembro que susurra picardías a las devotas cuando van a encender la vela.

Paco me habló de muchos más diablos hasta que se nos hizo de noche y me despidió sin haber sacado el guisky. No es la primera vez que me lo hace.

(El Mundo – 2000)

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