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Extinción De Localismos

Extinción de localismos

Paso junto a un mercadillo y oigo pregonar: «Tengo abercoques, ¡qué güenos!» No escuchaba la palabra albaricoques traducida al penibético desde hace lustros. Me detengo, me acerco a la vendedora y le digo desde la malafollá: «Esos son albérchigos, si no me equivoco» Me mira compasivamente y responde: «Se equivoca del tó, porque los apérchigos son muy diferentes». Recibo dos impactos verbales de enmienda, dos vocablos que me retrotraen a la niñez.

Le pido perdón por el equívoco, más bien zancadilla estúpida, y le compro un kilo de fruta con aroma y sabor mozárabes, paladar que aún pervive en el habla de algunos individuos mayores, los cuales ignoran el ajuar lingüístico con que se expresan. Más aún, desconocen que tales localismos andan en peligro de extinción, cuando no han desaparecido del léxico activo.

Aflige el exterminio implacable de palabras propias del terruño, casi doméstico, y que dichas voces sean desestimadas porque, al parecer, atufan a rústicas, a incultura supina, incluso por sobrevivir en boca del pueblo llano, considerado de común el atrasado y ramplón.

Sin embargo, esos localismos poseen una fuerza etimológica, además de fonética, que ya quisieran para sí los terminajos impuestos por el rasero de la globalización, por la fraseología mediática que ha reducido a encefalograma hortera el lenguaje actual, particularmente el idioma español, infectado por la cháchara cutre del fulanismo y por los sonidos exteriores de riqueza parlera, sobre todo los anglosajones.

Mientras, leña a las palabras con solera genuina, precisa, musical. Los granadinos de mi quinta hemos asistido al exterminio, por omisión cursi, de vocablos locales tan sonoros y significativos como tableta, a cambio de afeminado, al que también decíamos marioso ; chabisque , por taberna cochambrosa; présules , por guisantes; trabillón , por el fulano destartalado y muermo; golimbre , en vez de goloso; alfira por adelfa, mochete o avíos para comer; espernible para lo innoble, o pulidor para el papel higiénico que ni era papel ni higiénico.

Muchos otros localismos se hallan en la lista de expulsión inmediata y aguantan mal que bien protegidos por ambigua significación de sinónimos invasores, como sucede con alcayata, a la que gana terreno locuaz escarpia ; cáncamo, suplantado por hembrilla ; jurel , acosado por chicharro , cauchil, por arca de agua , charnaque, al que desplaza caseta o choza ; faritute, fitango, filicho, patatús, sopitipango o pipijierre eliminados y sustituidos por desmayo , desfallecimiento o telele , en el mejor de los casos.

Es desalentador que tiremos al cubo del olvido una herencia dialéctica que enriqueció nuestra idiosincrasia, que nos distinguió por la manera de hablar durante siglos. Mal haya el cutiperio de la uniformidad charlatana, pues nos convierte en sacamuelas clónicos.

FRANCISCO IZQUIERDO.

Publicado en Ideal en 2002

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