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Mi Feria Del Libro

Mi feria del libro

Mayo es el agosto de los libros. Mes en que se muestra la cosecha anual en eras públicas, se apilan los frutos en parvas bajo chozas, se mercadean en zocos de ver y no tocar, por el precio, y a esperar al cliente con ánimo de compra. Lo malo de las ferias del libro es que, como los caracoles, son tributarias de la lluvia y cumplen el pronóstico asignado, aunque solo diluvie el día inaugural.

Y sucede que los libros se mojan, pero el curioso leyente no se empapa, a lo sumo se embebe deletreando los títulos y los nombres de las portadas. La bibliotecaria lluvia, tan beneficiosa, da lugar a que la próxima recolección sea más abundante y haya libracos cuyo destino inmediato será el limbo de ocasión, carne de lance a bajo precio. Así, cada temporada, se cosechan más títulos y un título, ya se sabe, es una ristra de tomos y lomos.

Dicen que este año de nuestra fe de erratas se han publicado en España unos 63.000 libros, no volúmenes, de los cuales alrededor de 45.000 son ediciones originales, de riguroso estreno. Sin embargo, los curiosos lectores con 100 euros de más, son menos. Resulta desalentador, porque existe cantidad de fulanos a los que entusiasma quemarse las cejas con los intríngulis del negro sobre blanco y muchos con buena boca mental.

Lo comprobé, ya ha pasado medio siglo, al llegar a la Casa de Reforma de San Miguel, noviciado de la cárcel situado en el copete del Albayzín. Entonces no teníamos ferias del libro tal como ahora, ni apenas librerías y tanto menos editoriales y, por supuesto, muchísimo menos dinero, aunque sí la misma avidez por leer e instruirse, quizá más acusada entre los jóvenes. En el reformatorio, donde había ciento treinta internos, no existía un solo libro.

Para las clases se apañaban con la viva voz y pizarras. Y los chaveas, cuando les pregunté cuál era la mayor carencia, entre las muchas que padecían, me respondieron que la falta de libros. Los preferían a la ropa, a la comida, a cualquier otra necesidad. Planteé la exigencia al Tribunal Tutelar de Menores y me dijeron que nones, ni una peseta para el asunto.

Entonces se me encendió la lámpara de una feria del libro peculiar. Fui a libreros granadinos de siempre y les conté el deseo de mis ‘reclusos’, produciéndose el milagro. Las librerías de Almendros, Ventura, Prieto y alguna otra, escarbaron en sus estanterías, encontraron libros sin posible venta y los dieron de bóbilis a la Casa de Reforma de San Miguel.

Con nuestro vehículo utilitario, la burra Holanda, subimos varios serones de libros al Cerro y, en el patio grande de la Casa montamos una feria singular, donde cada cual podía quedarse con los ejemplares que deseara, para siempre. Llovió a cántaros, lo propio, durante una semana y los chaveas olvidaron juegos y disputas para leer con avaricia.

Fue maravilloso y, sin exagerar, la convivencia se hizo más llevadera, algo verdaderamente sociable. Está claro que soy un tío emotivo, de ahí que las ferias del libro me traigan ese gratísimo recuerdo. Ahora bien, ¿los actuales libreros serían capaces de regalar obras para remediar una penuria como aquella del reformatorio?

FRANCISCO IZQUIERDO

Publicado en el periódico Ideal en 2002

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