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Juan Cobos y Paco Izquierdo,entrevistando a la artista Maria La Canastera en su cueva del Sacromonte.1959
Juan Cobos y Paco Izquierdo,entrevistan a la artista Maria La Canastera en su cueva del Sacromonte.1959

PACO IZQUIERDO, por Juan Cobos

Al venirme a vivir definitivamente a Andalucía coloqué en la biblioteca de casa tres marcos con temas que reflejan muy bien las personas con las que he mantenido una gran amistad, a las que debo mucho.

A la izquierda hay un cuadro que Paco Izquierdo me dedicó hace más de años donde se puede leer, “A Juan Cobos, buena persona”, en el centro un folio de puño y letra de Orson Welles, en la que se lee, “Dear Juan, this is just between us” (Querido Juan, esto que quede entre nosotros); la tercera es una foto con boina y cigarro negro en su boca de Luís Buñuel.

Tiene unos 30 x 20 centímetros y en ella está escrito: A Juan Cobos con mi amistad mucho más ampliada que este negativo de 35 mm.”.

Foto, nota, cuadro son de creadores, de hombres buenos, seres humanos excepcionales. Me ilusiona pensar lo que disfrutará Paco en semejante compañía.

Fue en el humilde ámbito de los pequeños cineclubs de los años 50 cuando se hilvanaron las casualidades que me llevaron a ser compañero, socio, admirador y sobre todo amigo de este singular “granaino” genial.

Ya él trabajaba en la confección del semanario “Ecclesia” –donde se divirtió cuando publiqué un pequeño texto sobre el día a día entre protestantes y católicos en la Inglaterra previa a los Vétales y llegaron algunas cartas felicitándome, tomándome por sacerdote, por la política de acercamiento.

Sólo era un español, con familia mixta de ambas confesiones, que había descubierto lo que día a día acercaba a los fieles de ámbas… Cincuenta años después, mi recuerdo entrañable de Paco es del amigo el más humano, el más bienhumorado, el mejor de todos los que andábamos por allí.

Hacía 1954, me uní a él en el primer número de la revista Vida Nueva, a la vuelta de las Conversaciones de Salamanca (1955), se nos ocurrió, con José María Pérez Lozano, los jesuitas Landáburu y Sobrino y Félix Martialay la idea de hacer una revista de cine que se llamó Film Ideal.

Salvo los dos religiosos, todos los demás también estábamos por la mañana en el semanario, Paco iba después a Ecclesia y allí nos reuníamos para irnos a nuestra tercer aventura en tiempos de pluriempleo.

Mañana tras mañana, el departamento que dirigía Paco era el sitio donde cualquier rato libre era bueno para cargar las pilas junto a él que, con su inolvidable sonrisa, tenía la facultad de hacer un excelente diseño de las páginas sin dejar de contar chistes y mantener un diálogo generoso con los que nos acercábamos a verle.

Esos ratos y el café mañanero, que tenía siempre algo de conspiración, enriquecieron y dieron alegría a los que nos formamos a su lado.

Me hice adicto a Paco y hasta viajé en un destartalado autocar a Granada con él y disfrutamos de una velada con los gitanos del Sacromonte. Era ese amigo inolvidable que ya pintaba en parte como entretenimiento y me acogía en su casa muchos domingos invernales para charlar mientras trabajaba en sacos de arpillera que fueron su lienzo algún tiempo.

Con Emilita, era un ser todo dulzura, formaban una pareja de seres extraordinarios transplantados a un Madrid bastante inhóspito donde había que trabajar todo el día para simplemente sobrevivir. Teníamos lo justo para comer y eso sin ser exigentes.

Con una capacidad de trabajo –que sin embargo negaba, quitando importancia a las muchas actividades que atendía-, Paco se encargó de una serie de reportajes semanales que él proponía y supervisaba para emitirlos por TVE.

Eso y su participación en un documental sobre la obra de San Juan de Dios eran entonces sus cercamiento físicos al cine, un arte que le interesaba mucho aunque metido entre nosotros, fanáticos, que hablábamos sin tregua de películas, sus juicios, siempre tratando de ser divertidos y como si los emitiese un hombre del pueblo llano daban a las charlas ante una cerveza al salir de las redacciones, un tono inimitable, con mucho ángel, que impregnaba su pintura, sus dibujos y, años más tarde, cuando ya no coincidíamos apenas lo reencontré en “Las bestias y otros ejemplos”, sus relatos de 1967 que me sorprendieron tanto que, sin decírselo, empecé más tarde a jugar a la Primitiva para, si lograba el dinero, comprar los derechos y arrostrar sin la presencia de productores poco fiables, la realización en un estilo desnudo, cristalino, como su prosa, de mi primera película.

A Granada le llamé a veces, casi siempre para pedirle un favor para la revista que he estado diez años dirigiendo, “NickelOdeon”. Su portada para el monográfico sobre el cine de Berlanga su último gran regalo.

Su gran amigo, José Ramón Sánchez, que dibujó varias de los 34 números aparecidos, nos alegró por este regreso puntual de Paco que ya era escritor, ilustrador, pintor, bibliófilo, y Granadino Ilustre, honor otorgado por una comisión presidida nada menos que por don Manuel Alvar con quien coincidí, siempre encadenado al cine, en el Instituto de Cooperación Iberoamericana.

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