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Romería a la leyenda

Ayer, pasados los cohetes y los amagos de chaparrón, subí a la ermita de san Miguel. Peregrino hasta allí, por estas fechas, en memoria de los tres años que permanecí en el lugar, rodeado de ‘angelitos’ y a la sombra vertical del Arcángel. Por aquellos tiempos dejó de celebrarse la romería, recuperada más adelante por los fieles del barrio, pero ya sin el aroma tradicional de las acerolas y de los membrillos y sin la juguetería devota de los santicos de barro.

Entonces, el fervor montano de los ‘migueles’ era edificante por su liberalidad cachonda. El júbilo conservaba, me dije, el husmo pagano que mantienen la mayoría de las festividades religiosas. Y me dio la clave de reliquia gentil el nombre del sitio. El cerro de san Miguel se llamó y se llama Cerro del Aceituno, toponimia árabe, pero en la antigüedad se denominó Monte de la Oliva, donde hubo una fortaleza que, reconstruida por los sirios, se conoció como atalaya del Az-Zaitun.

El collado de san Miguel, durante siglos, estuvo signado por el olivo, lo que me decidió a escarbar en la leyenda, es decir, en escritos de ‘sesudos’ autores clásicos capaces de justificar cualquier entelequia. Resulta que la diosa Minerva, al golpear con su lanza el suelo del Olimpo, en la bronca que sostuvo con Neptuno, dio lugar a la aparición del olivo.

Ante su rara astucia creadora, los colegas del Elíseo le dedicaron la planta y, a partir de ahí, fue el Árbol de Minerva, el símbolo de la paz, la sabiduría, la abundancia, el triunfo y la gloria. Al nacer el olivo en el Empíreo de los Numenes adquirió carácter divino, por lo cual el Tribunal Superior de Atenas dictó leyes en su defensa y honor. De dicha consagración surgieron las fiestas dedicadas al Árbol de Minerva, plantándose aceitunos en colinas próximas a las poblaciones a fin de rendir homenaje a la diosa.

La hija de Júpiter, para compensar a los devotos, realizaba el milagro de que el olivo floreciera al amanecer, cuajara la rapa a media mañana, verdeara el fruto con el sol alto y madurara la aceituna por la tarde. Los frutos, recogidos por doncellas y viudas, se repartían entre los peregrinos por sus propiedades miríficas o, en su defecto, curativas.

Se cuenta que Hércules, de camino al trabajo de edificar las Columnas del Estrecho de Gibraltar, se detuvo en Granada, y el olivo que llevaba para plantarlo en el Peñón, visto que le gustó sobremanera el altozano albaicinero, lo sembró allí, con lo cual Ilíberis fue la primera población ibérica que poseyó un aceituno. Así, con el plantío inicial en el Cerro de san Miguel, comenzó la romería anual en honor de la diosa Minerva.

Elevada a fiesta piadosa por los paganos, la cristianizaron más adelante los visigodos, la mantuvieron como fiesta jubilar los musulmanes y los castellanos, al cabo, la impregnan de carisma católico, ya bajo el patrocinio del arcángel san Miguel, tal y como ha llegado hasta nosotros.

FRANCISCO IZQUIERDO

Publicado en el periódico Ideal en 2001

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