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Paco Izquierdo con un ejemplar de El general y otras hipótesis

Jesús Torbado

Un día de estos se cumplen cuarenta años de la publicación de mi tercer libro, El general y otras hipótesis, compilación de media docena de relatos primerizos. Tenía yo entonces veinticuatro y recuerdo sobre todo –sin ganas de ponerme medalla alguna- que la publicación fue prohibida tres veces consecutivas, y cuando parte de la misma estaba ya impresa.

A causa del primero de los cuentos que se recogían en aquel breve volumen. Por si acaso. Por si aparecía alguna alusión secreta. Los censores no sólo prohibían el texto, sino también el dibujo de la portada, pintado por el que a la vez era editor: Paco Izquierdo, el artista polifacético. Pero acertamos a la cuarta tentativa, con mucha osadía y descaro. Paco dibujó una especie de militar napoleónico de opereta y yo escribí un texto en el que, para mejor disimulo, el general era al final una dulce generala.

El librejo fue el primero de una colección de la editorial AZ, luego Azur, titulada “El surco derecho” y dedicada a “las obras breves de los autores nuevos”. Creo que se llegaron a publicar una decena de títulos y también creo que Izquierdo nunca tuvo interés alguno de ganar dinero con ellos. Sólo manifestó siempre el placer de publicar y quizás de hacerse a sí mismo un hueco para recoger una gavilla, fastuosa de ingenio y arte, de sus propias narraciones. Las bestias y otros ejemplos se titulada el sexto volumen, sí, ocho prodigios de literatura breve, de la que Izquierdo dejó menos ejemplos de los que sus lectores hubiéramos querido.

Si se lo hubiera propuesto, claro. (Recuerdo otra recopilación espléndida de tres años más tarde: Fiesta de cuerpo presente). Porque daba la impresión de que no se dejaba enganchar por nada, salvo por la amistad y el buen humor. Y eso es un delito contra la historia. Paco fue un gran pintor, un gran escritor, un gran editor…, pero no quiso nunca darse mucha importancia a sí mismo. Era una especie, ya casi extinguida, de hombre del Renacimiento, disimulado bajo el carácter granadino y el obligado exilio madrileño. Los escritores le considerábamos siempre uno de los nuestros y los pintores pugnaban con toda razón por apropiárselo entero. Él mismo no estaba muy seguro de cuál actividad le era más propia y se negaba siempre a cobijarse bajo una bandera precisa.

La editorial Azur fue vivaqueando durante años, sin que su amo se propusiera nunca ganar un duro con ella. En bibliotecas de toda especie hallará quien lo desee libros y folletos preciosos amparados por esa etiqueta. Paco editó por su cuenta y riesgo gran cantidad de cosas (incluido otro impagable libro suyo, El apócrifo de la Alpujarra Alta). En esa editorial y en otras que salían al paso.

Insisto en mi creencia: nunca por intervenir en el mercado ni torcerlo a su favor, que eso le resultaba completamente inverosímil, como solía decir, sino por el placer de hacer algo que le gustaba mucho y, siempre que le era posible, relacionado con sus amigos y con su entonces lejana Granada. Luego, cuando yo lo visitaba en su casa del Albayzín (así lo ponía él, con zeta) siempre tenía, junto a los caballetes de sus cuadros perezosos o urgentes, amorosos papeles que recogía o que rellenaba para alguna elegante edición particular o íntima. La de editor no fue sin duda la faceta más notoria, provechosa o ilustre de sus actividades, secundaria sin duda respecto a las otras dos principales, mas el grande y añorado artista también supo poner algunos granos de oro en ese multitudinario territorio.

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