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Francisco Izquierdo

Vivir del cuento

ManuelTalens, escritor granadino recientemente galardonado con el Premio de la Crítica de Andalucía por su libro de relatos ‘Rueda del tiempo’, declaraba al periódico Ideal, hace unos días que «en España lo que se lee es novela y el relato es el hermano pobre de la narrativa en prosa.

Esto se debe, en parte, a que no ha habido una política del cuento ni en el mundo editorial ni en los medios de comunicación».

Piensa, sin embargo, en un esperanzador auge del relato en España. La verdad es que la aventura reivindicativa del cuento, la narración corta, la fábula o como quiera llamársele, es vieja de siglos en nuestro solar literario, aunque a los autores siempre les ha costado vivir del cuento.

No hay que remontarse a las centurias del XIV al XVI, cuando los ‘exemplos’ narrativos crearon una base de promoción para la lectura popular, generalizada, ya que en el XIX numerosas imprentas y librerías, las editoriales de la época, publicaron antologías y compendios de relatos cortos, entonces llamados leyendas o tradiciones, incluso cuadros de costumbres.

Y ello para combatir la simpatía de los ‘consorcios libreros’ por los novelones impresos en interminables cuadernos por entregas. En Granada, por cierto, la reacción de los impresores contra los ‘culebrones de cordel’ fue muy notable en el siglo XIX, bastaría citar las imprentas de Zamora, Sanz, Astudillo, etc., quienes editaron volúmenes de relatos cortos de autores locales, hasta interesantes florilegios.

A pesar de ello, la narración extensa, desbordada más tarde por la novela-río, los ladrillos con más de mil páginas y millares de personajes implicados en cientos de historias laterales, acapararon el morbo y el tedio de millones de neoalfabetos. En los vacíos narrativos que dejaban los innumerables cronicones de ficción, se instalaron algunos editores con deseos de recuperar la síntesis y la fuerza creativa del cuento.

Editores insensatos por lo general, pues estaban condenados al fracaso. Así le sucedió a un servidor cuando creó la Editorial Azur-Izquierdo para publicar relatos de escritores jóvenes, donde tuvieron acogida los primeros cuentos de Torbado, Umbral, Plans, Martínez-Mena, Cela Trulock, Peraile y muchos otros.

Eran libros bien editados, de precio módico (50 ptas.) y, a pesar de la bienvenida calurosa de tales ediciones por parte de la prensa y de los medios de comunicación audiovisual y a pesar de la categoría de las firmas y del contenido narrativo, servidor tuvo que hibernar dichas colecciones y encaminar el esfuerzo económico a rollos de más fuste palabrero y menor enjundia literaria, eso sí, con la aureola de primer premio en cualquier concurso.

No pude vivir del cuento, que tanto me gustaba, porque la competencia de los ‘lectodomésticos’, vecinos de estantería con los tostadores de pan y los detergentes en las grandes superficies comerciales, resultaba altamente apabulladora en aquellos años, tal cual ocurre ahora.

La culpa, pues, no es de la política editorial o de los medios de comunicación, sino del descrédito ancestral que ha gozado la denominación ‘cuento’, término asumido desgraciadamente por el género literario de tal índole. Ni siquiera la palabra ‘relato’ ha conseguido paliar la pésima reputación. Así nos va.

FRANCISCO IZQUIERDO.
Publicado en el periódico Ideal. 2002

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