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Volaverunt

Volavérunt

De vez en vez me doy un garbeo por el Real de Cartuja, mi barrio de nación y recría juvenil, y la visita me sume en el mal de la tierra, en la pesadumbre por la ausencia de un espacio urbano peculiar. No es que la barriada haya desaparecido de sopetón, antes al contrario, ha germinado en sí misma y se ha masificado sobre el solar de siempre, hasta el punto que, donde vivían cien familias, ahora residen no se sabe cuantas.

Lo que voló definitivamente es el carácter tradicional de la feligresía, tanto del caserío como de la vecindad. Han florecido edificios ramplones y los han poblado residentes sin apego tribal, sin ataduras hereditarias. Es ley de radio metropolitano, de crecimiento domiciliar intramuros, como ya ocurriera en estas afueras a raíz de la conquista de Granada. Incluso un siglo después fue pasto de nuevos vecinos con el cambalache de la licenciada soldadesca castellana por un animoso colectivo artesanal, el cual sobrevivió mal que bien hasta mediado el siglo veinte.

Eso sí, dejaron huella en el lugar, un rastro de apodos castizos originado por los oficios y actividades menestrales, como sucedió en calle del Hornillo, donde perduraron los clanes de los Guiteros , artífices de las cuerdas de cáñamo; de las Encajeras , veterano obrador de bordados; de los Silleros , malabaristas de la anea; de los Tiovivo , manufactura doméstica de juguetes, desde caballitos y trenes de madera a pelotas de hule y muñecas de cartón; de Cá la Motrileña , tajo pantalonero donde se leía el Defensor a las modistillas, etc., y personificados existían Frasco el Jabones , Juanico el Lañaor , recomponía cacharros de cerámica con grapas; las Rompeines , dinastía de peluqueras a domicilio; el Compáe Quincalla y tantos otros.

A esos linajes con sobrehúsa profesional avalaban edificios con alias también laboral, como las casas de la Atarazana, inveterada soguería; de las Cintas de Seda Tornasoladas, pasamanería con sonsonete oriental; del Frangollo, viejo molino de piensos, y otras de apelativos singulares, como la del Alpiste (cuando se lo llamábamos al dueño respondía pal colorín de tu hermana ); de la Peste; de los Pilones; del Rondín y qué se yo.

Eran los caserones donde arraigaron tocayos familiares, como los Quinos, los Barriguillas, los Tarragona, los Zapatones y tantas parentelas solidarias. El arrabal fue un gueto franco de fulanos y menesteres, pero conforme en hábitos, gestos y modus vivendi. Hoy, aquel recinto a trasmano municipal se ha incorporado al meollo ciudadano, renunciando a su antigua naturaleza, no solo la de los moradores y sus tareas usuales, sino a la del caserío, a la de las viviendas con amplios espacios interiores, azoteas y patios luminosos.

Se conserva, sin embargo, el trazado de las calles, incluso la placeta de la Cruz, con sus viejos nombres y el apellido Cartuja, menos los de la Cuesta de los Cerdos y el Barranquillo, rebautizados, y el aún anónimo Callejón de los Locos. Ea, la mano de obra nueva llega a todos los barrios, convirtiéndolos en lugares comunes, vulgarizándolos. En memoria del realengo de Cartuja, con pena, exclamo ¡Hala, volavérunt!

FRANCISCO IZQUIERDO

Publicado en Puerta Real de el periodico Ideal en 2002

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